Seis consejos para lograr educar sin castigos

febrero 03, 2016

Muchas personas leen o escuchan lo que se les explica sobre el cachete y el castigo, piensan en la infancia, recuerdan cómo se sentían cuando sus padres les pegaban o castigaban y empiezan a abrir la mente. La abren hacia lo desconocido: “Vale, quiero intentar no hacerlo como lo hacían los mayores cuando yo era pequeño, pero ¿cómo?”. Pues vamos a daros seis consejos para lograr educar sin castigos, para empezar ese camino.

No sé si son los mejores seis consejos, y es probable que alguien los pueda explicar mejor, pero creo que son un muy buen principio para tener una base con la que ir trabajando para, luego, ir escuchando más ideas, ir leyendo artículos y libros que hablen de ello o ir viendo a otros padres solucionando conflictos evitando los cachetes, los gritos y los castigos.

1. ¿Lo ha hecho queriendo o sin querer?

Tu hijo acaba de hacer algo que no te gusta, te molesta o consideras que no está bien. Te planteas la posibilidad de castigarle, porque es lo que sueles hacer, o porque en esa situación la mayoría de padres harían eso (o cuando eras pequeño y lo hacías, a ti te castigaban). Pues bien, antes de hacer nada hazte esta pregunta:¿Lo ha hecho queriendo o sin querer?

Los niños no son tan hábiles como lo somos nosotros y a veces intentan hacer las cosas por sí mismos. Si nosotros les echamos un vaso de agua seguro que todo el líquido cae en el vaso. Si ellos deciden hacerlo por sí mismos, seguro que parte cae en el vaso, parte en la mesa y parte en el suelo. Si es agua, se seca rápido, pero imagina que se ha echado leche o zumo. Da rabia, ¿eh? Todo el suelo pegajoso, salpicaduras por todas partes y fregona y trapo seguro durante un rato. Dan ganas de… pero no. No lo ha hecho queriendo. De hecho, estaba haciendo una de las cosas que más les gusta a los padres: ser independiente. Todos los padres quieren que sus hijos sean independientes, que pasen tiempo solos, que se entretengan con sus cosas sin tener que estar llamando a papá y mamá constantemente para todo. Pues bien, resulta que tiene que ser independiente y autónomo pero solo a ratos. Si es para echarse bebida, mejor que no lo sea. Pues va a ser que no, los niños se hacen autónomos para todo (así que somos nosotros los que tenemos que decirles “me encanta que intentes hacerlo solo, pero para echarte agua/leche/… avísame y te ayudo).

Haciéndonos la pregunta nos damos cuenta de que sólo quería beber, y por no molestar, o porque ha aprendido, ha decidido hacerlo solo. Sólo con esto debemos tener claro que no podemos castigarle.

La mayoría de cosas que nos molestan o exasperan las hacen porque no saben hacerlas mejor o porque no saben que están mal. Es normal, ellos llevan muy poco tiempo con nosotros. ¿Tu hijo tiene 3 años? Busca una foto tuya de hace tres años y date cuenta de que fue anteayer, que apenas has cambiado… pues tu hijo, por entonces, ¡ni siquiera existía! ¿Cómo va a saber en tan poco tiempo todo lo que está bien o mal?

2. ¿No será que espero demasiado de él?

Porque lo comparamos con otros niños, porque alguien nos ha dicho que con esa edad ya debería hacer tal o cual o ya no debería hacer tal o cual, porque acaba de tener un hermano y se ha hecho mayor de golpe, muchas veces les estamos exigiendo de más.

Va ligado con el punto anterior. Son niños, son pequeños y a veces creemos que han vivido lo mismo que nosotros o que, porque les hemos explicado algo una vez, ya tienen que controlar totalmente todas las situaciones. Debemos hacernos esta pregunta: ¿no será que espero demasiado de él? ¿No estarán nuestras expectativas por encima de sus posibilidades? Porque si es así viviremos un conflicto tras otro.

Llevan poco tiempo con nosotros, así que por ser nuevos en el mundo merecen paciencia infinita y mucho diálogo. No puede ser que tengamos más paciencia con los adultos que con ellos.

3. Si lo ha hecho queriendo, ¿por qué lo ha hecho?

Resulta que la respuesta a la primera pregunta no ayuda demasiado porque está claro que lo que ha hecho el niño lo ha hecho queriendo, con mala intención, tratando de molestar. Aquí muchos padres optarían por la silla de pensar, “vete a tu cuarto”, “te has quedado sin postre” o el castigo que decidieran. O si está molestando, por eso de ignorarle: “no le hago caso, precisamente, porque está intentando llamar mi atención”.

Pero no podemos quedarnos con el acto concreto, porque estaríamos trabajando a nivel superficial. Si tienes una humedad en el techo no la solucionas pintando, buscas de dónde sale agua porque si no, en pocos días, volverás a tener una mancha en el techo. Pues lo mismo, ¿por qué lo ha hecho?

Puede ser porque está aburrido, porque se siente solo, porque te pide pasar tiempo contigo y no pasas el suficiente con él, porque siente que no le quieres, porque haciendo cosas malas es la única manera de que le hagas caso, porque… La causa es importante. Soluciona la causa y evitarás muchos problemas.

4. Huye

Cuando nos enfadamos, cuando perdemos la paciencia, cuando notamos que llegamos a nuestro límite, nuestro cerebro racional se desconecta, pero no es el único, el emocional también lo hace y entonces entramos en lo que más de una vez he definido como “modo automático”, o lo que es lo mismo, entra en funcionamiento el cerebro reptil, el más primitivo, el que sólo tiene como funciónprepararnos para la huida o la lucha. Vamos, que sale lo peor de nosotros, los gritos, el “ya está bien”, el cachete, las reacciones y decisiones en caliente. Es la lucha con nuestro hijo o hija. En ese momento no pensamos en que podemos hacerle daño físico o daño moral (el racional desconectado) y en ese momento no sentimos (el emocional desconectado) y no hay nada que pueda evitar el “automático” contra ese niño que en otras circunstancias nos comemos a besos inundados de amor.

Iniciamos la lucha porque sabemos que no podemos perder. El problema es que pierde nuestro hijo y, en cierto modo, perdemos nosotros. Si abusamos del automático nos acostumbramos a él y saltará cada vez más a menudo. Si usamos el automático, alejamos a nuestro hijo de nosotros. Le alejamos emocionalmente. Podemos conseguir que pierda la confianza en nosotros, y ninguna relación de amor o cariño necesita que los que la forman pierdan confianza el uno en el otro, sino todo lo contrario.

Por eso no luches, huye. Si ves que pierdes el control, si ves que puedes hacer algo de lo que te puedas arrepentir, huye. No afrontes todavía el problema. Respira hondo, no trates de educar a tu hijo en ese momento o de explicarle nada y haz lo mínimo mientras respiras hondo, cuentas hasta 10, 100 o mil y vuelves a controlarte.

Yo lo hago a menudo, mientras voy a por la fregona, el trapo, mientras arreglo el desaguisado. Me muevo, actúo, callado, como un autómata. Prefiero no decir nada a decirlo todo porque si hablara, ¡ay! si hablara.

Y luego, unos segundos o minutos después, le digo al niño qué pienso sobre lo que ha hecho o le insto a que solucione lo que ha hecho, con más calma. Un secreto: esto no me suele funcionar cuando se están pegando. No hay nada que me moleste más que verles haciéndose daño, y eso me hace actuar en el momento, sin darme tiempo a contar (les separaría igual, pero esperaría a calmarme para dar mis argumentos). Enseguida les digo lo poco que me gusta y que “no se hace daño a quien se quiere”. Por suerte, mi modo automático es bastante light.

5. Pon remedio. ¿Cuál es la consecuencia real de lo que ha hecho?

Los castigos son consecuencias que los adultos inventamos ante un acto que no nos gusta: sin postre, sin tele un día, tantos minutos en la habitación, sin parque, etc. Cada padre o madre inventa la consecuencia según la gravedad del acto o según el momento del día, pues al mediodía, con más paciencia, el castigo es más leve que en la tarde noche, cuando estás más cansado y lo último que te apetece es tener que lidiar con algún problema similar.

Pero esto es un error. El niño puede no aprender porque no es capaz de realizar la asociación entre lo que ocurre y lo que ha hecho, básicamente porque la consecuencia puede ser siempre diferente y porque, en realidad, no tiene nada que ver una cosa con otra. ¿Qué tiene que ver que haya roto algo con que no pueda ver la tele?

Debemos tratar de ayudar a los niños a ver cuáles son las consecuencias reales de lo que han hecho. Si nuestro hijo ha roto algo, debe ver que está roto y, si se puede, arreglarlo con él. Si ha manchado algo, limpiarlo con él. Sí, con él. La consecuencia de mancharlo todo es que hay que limpiarlo y “yo te ayudo, pero ten en cuenta que vamos a perder un montón de tiempo limpiando, tú y yo. Podríamos estar jugando juntos, o leyendo un cuento, o haciendo algo más divertido, pero ahora tenemos que limpiar, y yo prefiero jugar, leer o hacer otra cosa”.

Si ha hecho daño a alguien, explicarle que el otro niño está llorando, decirle “mira cómo llora el niño, no creo que quiera volver a jugar contigo” y ponerle en su lugar “imagina que estás jugando y viene otro niño y te pega. No te gustaría, ¿verdad? Pues a él tampoco le ha gustado”.

Esas son las consecuencias reales de sus actos. Eso es lo que deben conocer y muchos niños no conocen porque son castigados con otras cosas sin saber el alcance de lo que han hecho. “Pídele perdón y nos vamos”, dicen algunos padres. Pues “perdón”, un beso, y nos vamos a casa. No, así no. Un día vi a un niño cascando a otro y, al decirle “no se pega” se acercó al niño, le dio un beso y se fue tan contento. Claro, le habían enseñado a solucionarlo así.

6. El mantra al que acudir cuando olvidemos todo lo demás

Cuando pase el tiempo, cuando los cinco consejos anteriores se vayan oxidando, por lo que sea, y necesites volver a leerlos pero no sepas cómo volver a dar con ellos o no recuerdes ni dónde los leíste, recuerda esta frase: “Quiéreme cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite”.

Pequelandia León

Guardería y preescolar

Fuente : Artículo publicado en la revista bebesymas

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